El agente Ethan Hunt continúa su misión de impedir que Gabriel controle el tecnológicamente omnipotente programa de IA conocido como The Entity.
La octava de Misión: Imposible naufraga en su propia absurdez. El director parece empeñado en contarnos cada escena antes de que ocurra, como si sospechara que el público no lo fuera a entender, y además nos bombardea con una sesión interminable de flashbacks que solo entorpecen. Después de ver el triste prólogo ya pensé: lo que me espera. Y sí: dos horas de escenas huecas, peleas con menos energía que la batería de mi móvil a las 9 de la noche, villanos de marca blanca, decisiones de guion que harían sonrojar a un culebrón de Antena 3, intentos de chistes, y festival de tecnología puntera que, como siempre, se resuelve cortando un cable rojo o negro tras abrir una tapita lateral con una llave Allen del 10.
¿Y la gran amenaza de la película, esa IA todopoderosa? Pues aparece para darle a Ethan Hunt una sesión de electroterapia, nada más.
Solo hay dos escenas que recuerdan a lo que fue esta saga: el submarino y la secuencia aérea con avionetas, aunque esta última tampoco se salva con otra resolución ridícula, suerte que compensa con los stunts y la belleza del paisaje.
En definitiva, un autohomenaje largo, absurdo, previsible y agotador. La mejor noticia es que, al fin, se ha puesto punto final a una franquicia que ya no había por dónde cogerla.