Samara Weaving vuelve a sostener la película con muchísimo carisma, humor negro y energía física.
La dirección de Matt Bettinelli-Olpin y Tyler Gillett (Radio Silence) mantiene esa energía frenética y gamberra que tanto gustó en la primera.
Banda sonora inspirada que utiliza temas clásicos para elevar la tensión y el humor con ironía.
Gore creativo y muertes exageradas: funcionan para quien busca espectáculo, pero desconectan a quien busca tensión real.
Tono todavía más absurdo que divide: para unos es diversión pura y para otros una pérdida total de la frescura original.
El final genera debate sobre si cierra bien la historia o prepara demasiado el terreno para otra secuela.
El guion es muy flojo y carece de coherencia narrativa, avanzando solo a base de conveniencias.
Personajes secundarios interesantes sobre el papel, pero totalmente desaprovechados a pesar de contar con un gran reparto.
El ritmo se resiente en el nudo de la historia, repitiendo esquemas de la entrega anterior sin aportar novedad.
El tono vira tanto hacia la comedia de acción gore que abandona casi por completo el suspense de la original.
La violencia es tan caricaturizada que pierde cualquier ápice de realismo o impacto emocional.