Buena actuación de Goro Kishitani encarnando a un yakuza psicópata, caótico y sin ningún tipo de escrúpulos.
Dirección técnica sobresaliente mediante cámara al hombro y lenguaje visual lírico.
Banda sonora de jazz que aporta una atmósfera única.
Final impactante y poético que culmina coherentemente la caída al infierno.
La violencia extrema y la crueldad sin concesiones encantarán a los fans de Miike, pero pueden repeler al público general.
Al ser un remake del clásico de Kinji Fukasaku (1975), las comparaciones sobre el enfoque de la historia dividen a los puristas del cine asiático.
La ausencia absoluta de personajes con los que empatizar hace que sea una experiencia fría y difícil de digerir.
Ritmo irregular con un metraje excesivo que puede resultar soporífero.
El ciclo constante de autodestrucción del protagonista llega a volverse repetitivo y puede agotar antes del desenlace.